9.7.14

Diario de un Educador de Calle: el niño Tomás

Tomás nació hace ya 21 años. Como todo niño era inocente y sin maldad, desvalido y necesitado de cuidados y cariño. Fue el segundo de cuatro hermanos. Vivía en un barrio periférico de una ciudad industrial de este país de contradicciones.

imagen educadores sociales
Su madre, sin muchos recursos económicos, trataba de sacar adelante a la familia dedicándose a servir en otra casa, que no la suya. Su padre, frustrado en su vida e ilusiones, ahogaba sus desdichas en el alcohol. Un día marchó en busca de un tetra-brik de vino y no regresó ya más. Ni Tomás ni sus hermanos parecían haber sentido la pérdida. Hacía tiempo que su padre estaba ausente debido a las circunstancias de desempleo, los continuos paseos interminables para solicitar una ayuda alimenticia, las deudas, los niños peleándose en casa, el orgullo del hombre que se siente un “mantenido”,... Le habían robado la esperanza de mejorar y la facultad de soñar. Los primeros cuatro años de la vida de Tomás transcurrieron entre la vigilancia de las vecinas y el juego con otros niños en la calle.

Asistió al colegio del barrio. Tomás, de espíritu curioso e inquieto adquirido en sus tiempos de correrías por las calles, le convirtieron a los ojos de sus maestros en un niño difícil. Pronto, “hacer novillos” se hizo una costumbre. Se lo podía ver a la edad de 9 años sentado en la acera con sus amigos, su familia, porque la suya propia parecía no existir. Primero fue un cigarro, rotado entre los colegas del grupo. Le saltaron las lágrimas y le sobrevino una tos que sólo arrancó unas risas de complicidad y de “aquí no pasa nada” de sus compañeros de desventura: la pipa de la paz. 


A los 16 años, su expectativa era conseguir unas "pelas" para ir tirando y una motocicleta de segunda mano que sólo le duró un mes. Entonces, cuando el porro ya no valía para olvidar una existencia insulsa, llegaron otras “cosas”.

También los pequeños hurtos y las gamberradas de turno se convirtieron en la moneda de cada día de Tomás y su pandilla. Un día se despertó en el calabozo de la comisaría por algo de lo que no se acordaba. Fue su primer contacto “serio” con la policía y uno más de una larga lista que ya nunca acabaría.

Tomás, de mirada de niño y cuerpo de hombre, buscador siempre, dejó su barrio y a su familia a la edad de 21 años. Inició un viaje del que ya no volverá.

Sólo reza una esquela, solo le lloran sus amigos,... sólo un niño inocente y puro, desválido y necesitado de cuidados y amor. Ojalá encuentres lo que buscabas.

            ¡Ojalá ahora seas feliz!





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