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2.5.17

Ajuste familiar: el estrés

Educador Familiar: Ajuste familiar: el estrés

Las más antiguas escalas en la evaluación del estrés familiar empleaban muy pocos items, que se centraban, además, en los problemas familiares y desatendían otras muchas variables implicadas en el estrés. Una excepción a esto fue la escala de Hill (Adjustement to Reunion Score, 1949). Los datos obtenidos a través de este instrumento contribuyeron a establecer el modelo ABC-X de estrés familiar, el cual ha servido como fundamento de otras formulaciones más recientes y a ampliar el ámbito de investigación en esta materia. Instrumentos diseñados con posterioridad, se refieren a medidas genéricas de conceptos relacionados con el estrés (recursos de afrontamiento, riñas o peleas, eventos traumáticos, circunstancias cambiantes, etc.) es decir, fuentes generadoras de estrés, pero que no evalúan en sí mismo el estrés. La evaluación del estrés se realiza a través de alguna de sus manifestaciones externas o internas, observadas por quienes las sufren. Los procesos que por lo general, suelen evaluarse son los siguientes: la angustia, las relaciones tensas, los roles fuertes, las riñas diarias, los eventos vitales, los cambios bruscos y las estrategias y recursos de afrontamiento del estrés.


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Uno de los principios básicos de que aquí se parte es que las familias que experimentan varios estresores es más probable, que a lo largo del tiempo, hagan crisis (Hill, 1949; McCubbin y Patterson, 1983ab). Según Burr (1973) las crisis se producen cuando cambian las reglas, los roles y las relaciones familiares. Aún sabiendo esto puede afirmarse que aquí no se dispone de medidas de las crisis familiares.

El concepto estresor es un concepto multidimensional, que es definido en función de varias características relevantes. Los estresores incluyen eventos discretos de la vida, series de eventos (transiciones), tensiones crónicas y riñas diarias (Pearlin y Schooler, 1978: 470).

Estas experiencias tienen el efecto potencial de suscitar cambios en el sistema familiar (McCubbin y col., 1980), que puede ser normativo o no. Dado que un componente principal de los estresores es el conjunto de cambios vivido por los miembros de la familia, es importante destacar cuáles son las principales dimensiones de ese cambio: la intensidad del cambio y la valencia percibida (positividad, negatividad), y lo son por su elevada atención en la reciente literatura sobre el estrés familiar.

Uno de los principales problemas que presenta la evaluación de los estresores es el modo de distinguir los aspecto externos y objetivos de los estresores de las respuestas y manifestaciones internas o subjetivas (Dohrenwend y Shrout, 1985; Reiss y Oliveri, 1980). Otro importante problema es la evaluación de los estresores familiares, en lugar de los individuales. El inventario Family Inventory of Life Events (McCubbin y Patterson, 1987) es, en nuestra opinión, la única escala que se dirige adecuadamente el apresamiento de los estresores familiares. En este instrumento, las personas pueden responder basándose solamente en su propia experiencia o teniendo en cuenta también las experiencias de cualquier otro miembro de la familia. Esta última posibilidad se atiene más rigurosamente a la evaluación de los estresores del sistema familiar que a la propia experiencia familiar.

Los recursos manifiestan, ciertamente, la capacidad de que está dotado el sistema para prevenir el cambio que probablemente suscite una crisis en el sistema familiar (Burr, 1973; McCubbin y Patterson, 1983). Los recursos se distinguen de las estrategias de afrontamiento, en que los primeros designan lo que la familia es o tiene, mientras que las estrategias de afrontamiento refieren lo que hace (adaptado de Pearlin y Schooler, 1978). Los recursos incluyen los personales de cada miembro de la familia, los internos del propio sistema familiar y los que provienen del soporte social. Los recursos específicos son aquéllos que están sólo potencialmente disponibles para los miembros de la familia, durante las situaciones estresantes. Los miembros de la familia eligen emplear aquellos recursos que les son asequibles en un determinado momento, en función de cuáles sean sus percepciones relativas a su asequibilidad y utilidad. Por tanto, es importante reconocer qué recursos son característicos de una persona, familia o situación (Gross, Crandall y Knoll, 1980). Además, un recurso puede ser útil en relación a ciertos cambios y personas, y ser, en cambio, un obstáculo para otras. De aquí la necesidad de evaluar qué recursos son eficaces o no. La eficacia de los recursos del sistema familiar puede ser evaluada a través de ciertas escalas, así como correlacionando el uso que se hace de ellos respecto de algunas medidas relativas a los resultados obtenidos. (Menaghan, 1983).

Los recursos del sistema familiar han sido con mucho el principal objetivo de investigación en el ámbito del estrés familiar (Moos, 1984). Recursos como la cohesión y la adaptación familiar han sido puestos de relieve en investigaciones relativas a la vulnerabilidad diferencia de las familias, respecto de diversos estresores (Olson y McCubbin, 1982; Walker, 1985). Una reciente tendencia es el empleo de tipologías familiares (16 tipos de familias), en función de los recursos de que disponga el sistema familiar (conceptualizados como dimensiones del funcionamiento familiar, en la sección anterior). El empleo de los tipos de familia, como indicadores de los recursos familiares, ha supuesto un significativo avance en el estudio del estrés familiar.

En cuanto a las estrategias de afrontamiento, éstas constituyen también un concepto multidimensional en el que se incluyen muy diversas estrategias cognitivas, conductuales y emocionales para prevenir, aliviar o responder a las demandas de los estresores (McCubbin, y Patterson, 1983b; Moos, 1984). Pearlin y Schooler (1978) y Moos (1984) han tratado de esclarecer lo que subyace en este concepto. Las estrategias de afrontamiento cognitivas suelen emplearse para apreciar, valorar, definir y/o redefinir el significado de la situación. Las estrategias de afrontamiento comportamentales son respuestas que emiten las personas para tratar de modificar o eliminar la fuente de estrés o bien para afrontar las consecuencias de un problema inevitable, cuya solución no debe demorarse. Por último, las estrategias emocionales de afrontamiento intentan conducir los afectos desencadenados por las situaciones estresantes, para que no resulten nocivos a quienes lo experimentan.

Aunque los recursos se emplean en los procesos de afrontamiento, conviene distinguir entre éstos y las respuestas de afrontamiento (Pearlin y Schooler, 1978), por constituir dos respuestas diferentes, que, además, tienen una diversa dinámica. La eficacia del afrontamiento puede evaluarse a través de escalas en que se explora la efectividad percibida por la persona, así como por los cambios que generan en ciertas variables como la adaptación y el bienestar (Menaghan, 1983). Desde un punto de vista teórico, las estrategias de afrontamiento pueden afectar directa o indirectamente a la adaptación (o bienestar), ampliando los efectos de las demandas/estresores en estas variables y en sus resultados (Voydanoff y Donnelly, 1985). Y en definitiva, la medida de los estrategias de afrontamiento puede realizarse a través de conductas o a través de patrones/estrategias (*).

En cuanto a la adaptación, (que no debería ser confundida con la adaptabilidad) forma el constructo principal en los modelos Double ABC-X y Family Adjustment and Adaptation Response, relativos al estrés familiar. Su rango de variabilidad va de la buena a la mala adaptación (McCubbin y Patterson, 1983a, 1983b).

La adaptación se ha definido como «un ajuste a dos niveles: entre los miembros familiares y la unidad familiar, y entre la unidad familiar y la comunidad» (Lavee y McCubbin, 1985, pág. 1; citado en Antonovski y Sourani, 1988) con excepción de la medida de adaptación familiar desarrollada por Antonovski y Sourani (1988), la mayoría de los autores han considerado la adaptación en función del bienestar, más que como ajuste al ambiente (Buehler, Hogan, Robinson, Levy, 1985-1986; Lavee, McCubbin y Olson, 1987; Lavee, McCubbin y Patterson, 1985; Voydanoff y Donnelly, 1985).


(*) 90 Wolf, Weinraub y Haimo (Weinraub y Wolf, 1983) elaboraron la escala Social Network Form (SNF) para evaluar las características de las redes y soportes sociales de los padres. McCubbin, Olson y Larsen (1987), con las Family Crisis Orientated Personal Evaluation Scales (F-COPES), intentaron evaluar el uso que la familia hace de sí misma y de otro tipo de recursos en el afrontamiento a las crisis familiares. McCubbin (1987) elaboró el Coping Health Inventory For Parents (CHIP) para evaluar los procedimientos empleados por los padres para afrontar las enfermedades graves padecidas por uno o varios de sus hijos. Un último ejemplo de lo que aquí se afirma, es la escala de Zimmerman (1986), que evalúa el estrés familiar y los mecanismos de afrontamiento, en el caso de que la familia sea el principal cuidador de una persona mayor, con problemas físicos, lo que se lleva a cabo a través de la escala Adult Day Care: Its Coping Effects for Families of Primary Caregivers of Elderly Disabled Persons.



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13.12.16

CÓMO SE GENERAN LAS FAMILIAS MULTIPROBLEMÁTICAS

imagen educador familiarLas familias multiproblemáticas se suelen constituir precozmente. El motivo es que consideran que formando un núcleo familiar resolverán dificultades con la familia de origen, compensarán las carencias afectivas que siempre han tenido y podrán alcanzar una independencia.

Normalmente todos esos deseos que anhela la nueva pareja no se cumplen, debido sobre todo a que ellos mismos provienen de familias multiproblemáticas y de procesos de desarrollo personal y educativo dificultosos y carenciados. Como bien hemos utilizado al principio de este párrafo, la pareja crea un ideal de familia que han imaginado desde siempre, muy lejos de su realidad, de su propia historia y de sus capacidades y posibilidades para llevarla a término (a esto habrá que añardirle que cada uno tendrá su propio ideal, lo que dificulta todavía más la situación). Para ellos lo más importante es crear una familia, un hogar, tener algo propio, aunque no tengan ni dinero ni una casa para vivir.

Es durante los primeros meses y años de formación de la pareja y con la llegada de los primeros hijos, cuando suelen aparecer los primeros comportamientos sintomáticos acompañados de crisis muy precoces. La relación conyugal apenas se consolida y toma sentido a través de la parentalidad, son los hijos quienes sustentan la existencia de la pareja. Si a esto le añadimos la falta de recursos materiales y personales, comienza un progresivo deterioro de la familia y el derrumbamiento de los ideales, ya que no son capaces de desarrollar los mínimos organizativos: vivienda, educación cuidado y alimentación de los hijos, sostenimiento económico...

Los sentimientos y emociones iniciales (esperanza, éxito e ilusión) se transforman a medida que pasa el tiempo por la desesperanza, el fracaso y la desilusión, y lo que en un principio parecía un camino de rosas se va convirtiendo en un callejón sin salida. Tal situación desencadena mecanismos para dar solución a la crisis en que se están sumiendo, pero la inestabilidad, precocidad y falta de identidad que han arrastrado desde sus comienzos les lleva a poner en marcha la repetición de patrones aprendidos en su familia de origen, para sobrevivir y resolver las dificultades. Es así como se reproduce la formación transgeneracional de familias multiproblemáticas.

Es en este momento cuando se producen los primeros contactos con agentes externos al núcleo familiar, cuando empieza la relación con los servicios de ayuda de la zona. Esto, en muchas ocasiones, no lleva más que a la consolidación progresiva de las dificultades de competencia de los miembros del sistema familiar. El ejercicio de actividades de economía sumergida e incluso ilegales, tanto del marido como de la mujer, consolida la incapacidad y dificultad de la pareja para llevar el sostenimiento del núcleo familiar de una forma normalizada.

Los sentimientos y emociones se encrudecen, y las crisis son mucho más habituales y cargadas de apatía, impulsividad, agresividad o pasividad, inmediatez... La característica que más define a estas familias es que los síntomas forman parte de la disfuncionalidad, pueden volverse rígidos y ocupar un lugar en el funcionamiento familiar. En definitiva, se convierten en un elemento indispensable para poder seguir existiendo.

La reacción más habitual de la familia ante esta degradación general es la falta de reflexión. No analizan lo que les está pasando, ni las causas que lo han originado. Su respuesta es reactiva, explosiva, con gran presencia de la acción, aunque no sea lícita; o se desbordan y adoptan una postura pasiva, evitando y negando los problemas. Optan por ignorar lo que no pueden controlar.


CÓMO SE REALIZA LA ATENCIÓN Y EDUCACIÓN FAMILIAR

Hemos realizado un análisis pormenorizado de las características más habituales de las FMP; una vez que sabemos a lo que nos vamos a enfrentar, el paso siguiente es la atención y educación familiar. Seguramente en este paso el/la Educador/a se de cuenta de que la familia no posee la más mínima capacidad o habilidad para llevar a cabo funciones de atención y educación familiar. Este hecho tan abrumador tiene su explicación en el predominio de unas variables sobre otras, variables que describiremos a continuación y que están presentes en estas familias y en el crecimiento de sus hijos (Comellas, C., 1996):

- La privación y desvalorización, presente en todo el entorno. El modelo social que se transmite con las imágenes de fracaso, degradación, baja autoestima, limita la visión de las expectativas de futuro y de lo que uno puede llegar a ser.

- Peligro exterior. Son testigos cotidianos de situaciones violentas y de la organización y comportamientos de los adultos entorno a las actividades de supervivencia, que giran alrededor de la ilegalidad, la droga y el sexo. Los niños están constantemente en guardia, para poder reconocer los signos de peligro de su entorno.

- Provisionalidad e inmediatez de las situaciones, actitudes y comportamientos. La respuesta de los adultos a sus necesidades está en función de la tensión ambiental y familiar, y oscila entre actitudes y comportamientos explosivos, o entre pasivos y desbordados.

- Entorno social y familiar especialmente tenso y estresante. Son los niños los que deben acomodarse al entorno, y no éste a los niños. Esto conlleva a la no previsión ni entendimiento del impacto de sus acciones sobre los demás.

En este complejo entramado de dificultades materiales, sociales y personales, se empiezan a desarrollar las situaciones de riesgo, de maltrato y negligencia entorno a las interacciones de la familia con el niñ@, en relación a la atención y los cuidados básicos, la transmisión de afecto, el control y supervisión paternos y la autonomía o independencia del niñ@.

En conclusión, podemos decir que en las FMP la educación familiar es casi inexistente, principalmente porque en ellas no hay patrones fijos de comportamiento: estos son ambivalentes y desorganizados.

La tensión es la característica más sobresaliente e inunda todo el contexto familiar. Son familias que se mueven por impulsos y la inconstancia, y tienen un funcionamiento educativo de goma elástica con sus hijos: pasando de no dar respuesta delante de una acción a emitir una respuesta desproporcionada y violenta, sin que la reacción tenga relación con la gravedad de la acción realizada. Los adultos oscilan entre la coacción o respuestas irritadas y explosivas, y actúan con indiferencia delante de las manifestaciones de los hijos. Los padres no suelen explicar el por qué de sus actuaciones, ya que no están justificadas por ningún criterio educativo, sino que están en función del impulso o de la desesperanza paterna.

Tampoco existe comunicación verbal con los padres, y la que existe se recibe a través de la comunicación analógica. Esta situación no le permite a los niños discriminar los comportamientos adecuados de los que no lo son, ni poder generalizar ninguna respuesta. No pueden sentirse seguros, ya que no actúan espontánea ni libremente, ni saben que respuesta obtendrán de sus acciones. Esto les condiciona a tener que estar en alerta continuamente, y vivir en tensión, además de no poder configurar una visión coherente del mundo. Los niños no saben, ni pueden predecir, la conducta que tendrán los padres; ni pueden prever si tendrán o no respuesta a sus necesidades. Así, no sabrán leer lo externo, ni elaborar estrategias de adaptación o de respuesta. El niñ@ no podrá tener confianza en las relaciones, ni en él mismo, tendrá una baja autoestima...

Cuando los niños crecen, empiezan a interactuar con otras personas fuera del entorno familiar: escuela, amigos... en sus relaciones tienen que reevaluar sus patrones de conducta y su concepción del mundo, y si no lo hacen, muchos de estos niños se encallarán en los patrones aprendidos en su familia (con el riesgo de volver a reproducir las mismas situaciones cuando sean padres).


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19.5.16

Educador Familiar: trastornos de la niñez y adolescencia

TRASTORNOS DEL COMPORTAMIENTO ALIMENTARIO: 

Aquellas alteraciones en las que la conducta alimentaria está alterada como consecuencia de los intentos por controlar su peso y su cuerpo. En el análisis del origen de los trastornos alimentarios confluyen factores sociales, fisiológicos y psicológicos.

- Anorexia nerviosa: La persona, lejos de carecer de apetito, se comporta como un «organismo hambriento»; no come, pero no deja de pensar en cuáles son los alimentos idóneos que debe ingerir para no engordar; y sigue con un deseo irrefrenable de seguir adelgazando, incluso aunque haya perdido gran porcentaje de peso.

Las principales características son: distorsión en la percepción de la imagen corporal, sin que la persona reconozca el progreso de su delgadez; percepción distorsionada de los estímulos propioceptivos; y sentimiento general de ineficacia personal. Pero quizá la que más define la anorexia nerviosa es el rechazo a mantener el peso por encima del valor mínimo normal para la edad y talla; el deseo de perder peso y el terror ante la gordura se convierten en el centro de sus preocupaciones y perturba gravemente el resto de las facetas de la vida de esa persona.

Esta alteración suele provocar graves consecuencias físicas. Y muchas veces está reforzada por determinados valores sociales e incluso por la propia familia que puede minimizar la gravedad del problema hasta que ya es demasiado tarde o la enfermedad está muy avanzada.

Esta enfermedad suele ir asociada a otros síntomas: estado de ánimo ansioso-irritable; disforia; síntomas depresivos; síntomas obsesivos e incluso trastorno obsesivo-compulsivo; trastornos de personalidad histriónico, antisocial o límite.

Existen dos tipos de anorexia nerviosa:

- Anorexia nerviosa tipo restrictivo: Durante el episodio de anorexia, la persona no se empeña en atracones o conductas purgantes (vómitos autoinducidos, mal uso de laxantes o diuréticos).

- Anorexia nerviosa tipo bulímico: Durante el episodio de anorexia, la persona se empeña habitualmente en conductas purgantes.

- Bulimia: El término de bulimia significa «hambre desmesurada» y es lo que define a las personas que padecen esta enfermedad, que se caracteriza por: una necesidad imperiosa, irrefrenable, de ingerir grandes cantidades de comida, generalmente de elevado contenido calórico. Como consecuencia de estos actos, la persona tiene sentimientos de repulsa y de culpa, por lo que para mitigarlos autoinduce el vómito.

Las características esenciales de esta enfermedad son: pérdida subjetiva del control sobre la ingesta y los episodios bulímicos asociados, las conductas destinadas al control del peso corporal, y una preocupación extrema por la figura y el peso corporales.

Junto a la bulimia es frecuente la presencia de otros síntomas como: ansiedad, depresión, irritabilidad, ideación suicida, conductas adictivas y control de impulsos.

Al igual que ocurría con la anorexia nerviosa, también se dan dos tipos de bulimia, aquellas que realizan conductas purgantes y las que no la realizan tras la ingesta de comida. Los resultados de los estudios indican, que existe mayor distorsión de la imagen corporal, mayor deseo de estar delgadas/os, más patrones alimentarios anómalos y psicopatologías, entre las que se purgan, en comparación con las que no lo hacen.

- Obesidad: La obesidad, se define como una excesiva acumulación de tejido adiposo en el conjunto corporal. Un contenido graso mayor del 35% en mujeres y del 30% en hombres.

Podemos hablar de varios tipos de obesidad:

* Obesidad secundaria: Tiene su origen en trastornos endocrinos, hipotalámicos, genéticos o yatrogénicos y representa menos del 1% de las causas de obesidad.
* Obesidad simple: Es el tipo de trastorno más frecuente (99% de los casos) y se debe a un aumento de la cantidad de calorías ingeridas superior a las necesidades metabólicas para cada edad y talla. En este grupo podemos diferenciar dos tipos:

- Obesidad simple hiperplásica: Se caracteriza por darse mayor número y tamaño de adipocitos y tener su comienzo en la infancia, así como peor pronóstico.
- Obesidad simple hipertrófica: Se da un aumento del tamaño del adipocito y tiene su comienzo en la edad adulta.

Algunas de las sintomatologías asociadas a la obesidad son: reacciones distímicas, ansiedad, baja autoestima, pobre concepto de sí mismos/as, falta de asertividad, distorsión de la imagen corporal.
 

 


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